Retablo de la Inmaculada
Situado en un lateral de la Capilla Sacramental de frente a una de las rejas de acceso a la misma.
Está concebido a modo de capilla, por lo que su dispositivo arquitectónico se encuentra totalmente en función de albergar la Imagen a la que se da culto: la Inmaculada.
Fue objeto de reforma en el año 1935, realizando los trabajos el dorador Francisco Ruiz Rodríguez. Todas las maderas empleadas fueron donadas por nuestro hermano D. Eusebio Pérez Romero.
El frente de altar, de madera dorada, presenta la Cruz de Malta en el centro.
El banco tiene fijo un sagrario con dos columnas, con sus capiteles y penacho, con puerta de madera dorada, en la que figura un Cáliz.
La hornacina en la que se coloca la Imagen tiene forma de caja adintelada, decorada a base de casetones que a su vez hacen juego con el artesonado de la bóveda con el que está cubierto el segundo cuerpo de la Capilla Sacramental. Tiene una puerta corredera de hierro.
En determinadas fechas del año sirve para ubicar a María Santísima de la Amargura y San Juan Evangelista, ya que este fue su Altar de Culto, desde el año 1904 hasta que paso al Altar Mayor.
El retablo presenta dos grandes columnas con capiteles corintios, estriadas en la parte superior y retalladas en la inferior, con un corazón doloroso y con el escudo de San Juan.
La decoración no es tan abundante, siguiendo el mismo modelo que el retablo de Nuestro Padre Jesus del Silencio, a base de hojarascas y frutas que se entrelazan dando un gran movimiento a la composición. Básicamente se coloca en el frente de altar, en el banco, en el borde del rectángulo que enmarca la imagen, en la base de las columnas y en los laterales del retablo.
Se remata con un gran entablamento que consta de un friso a base de guirnaldas y de un gran medallón representando al arcángel San Miguel sostenido por dos ángeles que se sientan sobre motivos ornamentales ondulantes. El arcángel y los ángeles pertenecían al anterior retablo que ocupaba la misma ubicación.
Se celebra en este altar todos los años la Vigilia de la Inmaculada. También ha sido ocupado en algunas ocasiones por el Niño Jesús, como cuando fue trasladada la Imagen de la Inmaculada al Altar que la Hermandad montó para la procesión del Corpus Christi en la calle Francos.
En el mes de junio 1975, en dicho Altar estaba la Imagen del Señor del Silencio cuando llegaron de Madrid los restos de nuestro Hermano Mayor Honorario Don Luis Ortiz Muñoz para su funeral a los pies de la Santísima Virgen de la Amargura.
La imagen de la Purísima procedía de San Miguel, de donde llegó en el siglo XIX. Era de estilo neoclásico, si bien la obra databa de fechas bastante anteriores, quizás de fines del XVII, por lo que debió aprovecharse de otro conjunto anterior. La cercanía del taller de Francisco Buiza a la sede canónica y la estrecha amistad del imaginero con el sacristán -siempre entregado a las tareas corporativas-, propició que se le encomendase la adaptación del expresado relieve a imagen de bulto, tarea que realizó a gusto de todos en un corto espacio de tiempo, pues la tarde del 19 de marzo de 1960 fue trasladada solemnemente desde las Hermanas de la Cruz donde había sido bendecida.
De tamaño natural, representa a la Virgen en actitud orante, de acuerdo con unas formas bastante frecuentes en la escuela sevillana durante la segunda mitad del Seiscientos, en la que todavía estaba muy presente la composición husiforme ensayada en las décadas anteriores por el gran Alonso Cano. Viste túnica – visible hasta el cuello- de color jacinto, uno de los fijados en el Éxodo para los ornamentos sacerdotales. Con él se incide en la idea de María consagrada al Padre desde el primer instante de su ser. En cuanto al manto, azul oscuro -las vestiduras de salvación, el manto de justicia, señalado en el Introito del 8 de diciembre, añadiremos que parte del hombro izquierdo hacia la cadera derecha, al objeto de cruzar, en señal de virginidad, hacia el brazo del lado opuesto, siguiendo la fórmula habitual en la mayoría de las imágenes marianas de Gloria. Este último significado se subraya con la melena suelta, característica de la iconografía concepcionista. Presenta la cabeza circundada por las doce estrellas del Apocalipsis. Con ellas enlaza el Gradual y el Aleluya de dicha solemnidad, extraídos respectivamente del libro de Judit, al tiempo que muestran la maternidad de María sobre la Iglesia, constituida en Pentecostés.
Por su parte, el rico estofado del manto alude al Salmo 24: Envuelta de luz como de un manto, mientras la luna colocada a los pies nos lleva de nuevo al expresado versículo del Apocalisis.
A las plantas de María encontramos también la serpiente, que la muestra en calidad de la nueva Eva, ya que, si con la primera mujer vino el Pecado Original.



