Hace 325 años que un grupo de cristianos dejaron su compromiso de fundar una hermandad en torno al Silencio y la Amargura. El Imperio había vivido sus momentos más gloriosos, pero la falta de descendencia provocada por el Rey dejaba sin referencia clara al teórico pretendiente al trono. España vivía una vez más entre la falta de descendientes directos y la posibilidad de aspirantes al trono. La Guerra de Sucesión volvió a dividir el país en aquella época que lideraría la Francia que pondría en el poder a Felipe V, el monarca que llegó a vivir cinco años de su reinado en nuestro Alcázar. Sus horarios invertidos lo dicen todo de su carácter.
La cofradía de San Juan de la Palma iba siendo pionera en aquella ciudad que se había convertido en la capital del Imperio. Había reunido tres imágenes que conserva al cabo de sus más de tres siglos de historia. El dúo que forman la Virgen de la Amargura y San Juan es una teoría del dolor que puede sentir una mujer ante la muerte injusta a la que es sometido su Hijo. Hay que observar la mirada perdida de la Madre ante el ofrecimiento de Juan para comprenderlo todo. Aunque luego no se pueda explicar, y nos quedemos callados ante el impacto que nos sigue provocando al ver la escena.
Antes de ese dolor que envuelve a la Madre hemos pasado por el momento peor que puede sufrir un ser humano. No hay otro. Basta con ver al Maestro junto a Herodes. No hay diálogo porque el Justo no quiere hablar. Su cuerpo encorvado ligeramente lo dice todo. Un romano junto a Él provoca que de desestabilice. Pero su cara es la inocencia. No hay nada que nos indique la razón de ese juicio. Jesús no aparece aún con las manchas que sus guardianes provocarán en su cuerpo. Está limpio. Y en los labios apunta la leve sonrisa que todos llevamos esperando ver desde que lo hicieran.
Escribo esto bajo la luz que entra por el patio. Es la misma que hubo aquí cuando la tierra tembló y tuvieron que levantar de nuevo el templo. Hace más de seis siglos y medio. Antes que eso hubo un tiempo de mentes que vivían con la mirada abierta, proyectándose hacia un futuro que no sería el que ellos pensaban. Musulmanes, visigodos, romanos… Todos fueron dejando algo en la piel que los recubría. Pero salió vencedor el Cristo que con su palabra resumía el mundo. Él lo dice todo con su silencio mineral. Y nosotros dejaremos de vivir cuando quiera. Ni antes, ni después.
PACO ROBLES



