Sevilla, Jueves, 27 Abril 2017

1. EL ORIGEN DE LA HERMANDAD DE LA AMARGURA

La Hermandad tiene un doble origen, por una parte la Hermandad Sacramental que se inicia en el siglo XVI siguiendo la corriente de instituciones dedicadas a este tipo de cultos. Por otra, la Hermandad de penitencia que, un siglo después, se suma a la tarea contrarreformista de evangelizar a través de la piedad y la teatralidad barroca. Por tanto, en ambos casos hay un principio espiritual que inspira a los fundadores a avanzar en su compromiso religioso a través de instituciones que se gestan para el culto y la gloria de Dios.

Reflexionando sobre ambas motivaciones, podemos decir que el origen de nuestra hermandad está en la devoción y el amor. Devoción a Jesús Sacramentado, el que venció a la muerte y permaneció junto a nosotros por compasión. A Jesús del Silencio, el hombre que renuncia al reconocimiento del mundo y acepta su destino, permaneciendo siempre fiel a su misión. Y a su madre, María Santísima de la Amargura, quien en el momento de máximo dolor siguió a su hijo dando testimonio de una ternura infinita.

En cuanto al amor, nuestros fundadores no sólo instituyeron unas corporaciones por adoración a sus titulares, sino también por amor a sus semejantes. En un período convulso, como fue la Edad Moderna, tanto en el siglo XVI, cuando las luchas entre cristianos y protestantes por la búsqueda de la fe verdadera acababan de iniciarse; como más tarde, a finales del siglo XVII, en una Sevilla asolada por el hambre, las penurias económicas y las consecuencias de la gran mortandad causada por la epidemia de peste de 1649, unos hombres piadosos decidieron dar a sus vecinos un testimonio de fe, acercar a Dios a los que sufren, ofrecer una oportunidad para la conversión, para dar un sentido transcendente y pleno a la dura realidad cotidiana. Sólo Dios basta, la fe y la práctica del espíritu evangélico son el único camino para la salvación.

Ambas instituciones convivieron en el templo de San Juan de la Palama desde el siglo XVIII hasta que a finales del siglo XIX, en 1894, iniciaron los trámites para la fusión que culminaría con la aprobación del Cardenal Don Marcelo Spinola en 1907.

Desde los inicios de la primera de las instituciones que forman nuestra corporación actual hasta hoy hemos vivido más de cuatro siglos de Hermandad, con una evolución ininterrumpida, pues aunque cada una de ellas haya atravesado momentos de crisis en determinadas épocas, ya fueran por cuestiones políticas acontecidas en España o por penurias económicas, ninguna se llegó a extinguir, siempre surgieron con devotos hermanos que continuaron, en mayor o menor número, manteniendo el culto, incluso cuando las dificultades les obligaran a suspender parte de su actividad. A partir de la fusión, comenzó un periodo de esplendor espiritual y material. Espiritual por el constante aumento de hermanos, así como de los cultos y seguimiento de los mismos. Y material, ya que en el último siglo se plasmó este ímpetu de nuevos hermanos introduciendo nuevas pautas estéticas que le han dado a la cofradía su sello característico y ha contribuido a forjar el estilo cofrade clásico de la Sevilla del siglo XX.

2. LA HERMANDAD SACRAMENTAL

La Hermandad del Santísimo Sacramento, Pura y Limpia Concepción, San Roque, San Sebastián y Animas Benditas, se estableció en 1554 en San Juan de la Palma, Bautista, vulgo de la Palma, siguiendo la tendencia marcada por Doña Teresa Enríquez para dar culto y adorar a Jesús Sacramentado, una práctica muy extendida en la época, ya que en casi todas las parroquias sevillanas existía una corporación de este tipo.

La misión de esta institución era celebrar misas y actos sacramentales mensualmente, aunque se diera más relevancia a las fiestas litúrgicas relacionadas con el Santísimo Sacramento. Así pues, el Jueves Santo se alzaba el monumento para los oficios y en Junio, el día dedicado al Corpus Christi, se organizaba la procesión por las calles de la collación. Además de los cultos propiamente sacramentales, se celebraban otros en memoria de los hermanos difuntos, en la fiesta de Todos los Santos se levantaba un túmulo y se aplicaban las misas por ellos. Y, como no podía ser de otro modo en Sevilla, el culto mariano quedaba recogido en las reglas de la corporación, siendo uno de los preceptos la celebración el día 8 de diciembre en honor a la Inmaculada Concepción de María.

Para poder llevar a cabo la actividad espiritual necesitaban una base material que costeara todos los gastos derivados de los cultos, pago a los oficiantes, cera, limpieza y enseres necesarios para realizarlos con la dignidad y grandeza que requería tan alto Señor. La financiación los actos religiosos se basaba en sistemas de gestión diferentes. La Sacramental fue dotada con un patrimonio inmobiliario en la Ciudad y algunos pueblos de la provincia, como era costumbre en las instituciones religiosas de la época. Este patrimonio se ponía en arrendamiento y con las rentas obtenidas, más las cuotas de los hermanos y las limosnas se obtenían suficientes beneficios para cubrir los gastos a lo largo de todo el año. Se trataba de una institución bien dotada, muestra de ello es que el siglo XVII, a pesar de las dificultades de la época, es un período de prosperidad para la corporación, ya que miembros de la nobleza sevillana integran la lista de hermanos y ocupan los principales cargos de gobierno. Junto a ellos artesanos e imagineros, cuya labor fue decisiva para conformar la imagen y el esplendor de la corporación, destacando entre ellos la Familia Ribas, de cuyo taller salió la talla del Niño Jesús al que se le daba culto en la capilla de la sacramental.

La situación fue cambiando a lo largo del siglo XVIII, los cambios políticos, la caída del Antiguo Régimen y todas las consecuencias económicas y sociales que conllevó crearon una gran inestabilidad social que se acusa también en las hermandades sevillanas. La crisis se generaliza en todas las instituciones religiosas, poco a poco van perdiendo su patrimonio a causa de las leyes de Desamortización. Paralelamente se van reduciendo el número de miembros, hasta el punto que muchas de ellas desaparecen. La Hermandad Sacramental de San Juan de la Palma también sufrió el impacto de los nuevos tiempos, parte de su patrimonio desapareció con la política desamortizadora y la nómina de hermanos se había reducido considerablemente, con lo cual sus ingresos eran escasos al igual que la participación en los cultos, aún así los fieles de San Juan de la Palma siguieron manteniendo viva esta débil corporación que a lo largo del siglo XIX continúo con grandes esfuerzos.

3. LA HERMANDAD DE PENITENCIA

La Cofradía de penitencia comenzó hacia la segunda mitad del siglo XVII en San Julián, donde mantuvo cierto vínculo con la Hermandad de la Hiniesta. Al parecer la gran mortandad causada por la epidemia de 1649 movió a un grupo de fieles a crear una cofradía, ellos inspirados por el espíritu de la Contrarreforma y animados por las predicaciones de los jesuitas, quienes estaban levantando su seminario en la cercana calle de San Luis, decidieron iniciar el culto a las advocaciones de Jesús del Silencio en el desprecio de Herodes y María Santísima de la Amargura. Así pues, siguiendo los principios ignacianos se propusieron seguir al Cristo despojado de toda vanidad humana, vestir su misma túnica blanca, símbolo del desprecio del mundo, el que pasa por loco ante los ojos de los poderosos de la Tierra, pero manteniendo su dignidad y entereza a pesar de su mansedumbre (Lc, XIII, 6-12). Y detrás su madre, la Madre de Dios de la Amargura, como aparece en el pasaje evangélico de San Juan XIX, 25-27, y en el Libro de Rut I, 20. La Madre en el dolor desesperanzado, la mujer que ha perdido a su hijo y en ese trance no puede atender a las palabras de consuelo del discípulo amado que permanece junto a ella cuando todo parece haber fracasado. Este conjunto viene a ser el testimonio de un movimiento que presenta la fe y la confianza en Dios por encima de la vanidad del ser humano, más allá de lo material y del reconocimiento social, se aspira a una unión con Dios cuya única vía es desprenderse de los bienes del mundo.

Para dar testimonio de estos principios, la hermandad de penitencia estableció en sus primeras reglas que haría la estación el Domingo de Ramosas con la mayor austeridad posible para mover a la conversión a quienes la contemplaran, por ello se insistía en el silencio, el orden y el anonimato a la hora de acompañar a las Sagradas imágenes. Los cultos y la práctica piadosa quedaban también recogidos en estas reglas de 1696, donde se prestaba una atención especial al cuidado de los hermanos enfermos y a los funerales y misas conmemorativas a los hermanos difuntos. La fe sin obras no basta para salvarse, de modo que junto a la oración también se contemplan las obras de misericordia.

La financiación de todos estos actos dependía exclusivamente de las limosnas, de modo que las dificultades económicas de la Sevilla del seiscientos también se hicieron notar en una joven cofradía que tuvo que suspender su salida en algunos años por falta de medios. Así pues, para los vecinos San Julián, collación de trabajadores y labriegos, el final del siglo XVII, fue un período de dificultades económicas en el que comenzaban a forjar su patrimonio con esfuerzo. Para ello tuvieron que buscar los fondos necesarios recurriendo a ingeniosas rifas de dulces y bollos de pan, tan escasos y apreciados en un período en que el hambre era una realidad conocida por la población. Curiosamente este recurso de sorteos y rifas se ha seguido repitiendo hasta nuestros días. En el siglo XIX, cuando se intentaba reformar la cofradía, se vuelve a recurrir a sorteo de regalos que donaban algunos hermanos. También a lo largo del siglo XX hasta la actualidad la venta de lotería y otras rifas, como cestas de Navidad o abonos taurinos en algunas ocasiones, o la tómbola en la Cruz de Mayo, se siguen llevando a cabo para sufragar los presupuestos extraordinarios.

A pesar de los escasos recursos, lentamente y con mucho esfuerzo se fueron adquiriendo los enseres más necesarios, las imágenes, los pasos, la ropa, el altar, etc., siempre con el objetivo de organizar el desfile procesional con el mayor decoro y esplendor posible. Ni siquiera las imágenes fueron siempre propiedad de la hermandad, en los primeros años la Hermandad de la Hiniesta cedía su Dolorosa a la Hermandad de la Amargura, para que pudiera realizar la estación de penitencia. A finales del siglo XVII, ya hay constancia de la existencia de la imagen del Cristo, al parecer del taller de Pedro Roldán, aunque son varias las posibilidades sobre su autoría, en lo que coinciden todos los historiadores del arte es en la vinculación con el maestro barroco, vecino de la collación de San Julián.

La dolorosa aparece por primera vez en el inventario de 1708. Se desconoce la autoría, tradicionalmente se atribuía a Luisa Roldán, tesis que actualmente se descarta, ya que la escultora había abandonado Andalucía para instalarse en la corte cuando la hermandad adquiere la imagen. Algunos historiadores del arte han apuntado la posibilidad de que el autor sea el escultor y hermano de la corporación, Benito Hita del Castillo, por el parecido de esta imagen con la dolorosa patrona de Aroche y por la perfecta armonía con la imagen de San Juan que parece ser obra de este autor. De cualquier forma el conjunto transmite una gran ternura moviendo a la piedad y a la reflexión a cuantos lo contemplan como había sido la intención de los hermanos fundadores.

El afán por mejorar y darle mayor esplendor a la cofradía hizo que se propusiera por parte de un grupo de hermanos el traslado del templo de San Julián a San Juan de la Palma, concretamente a la Capilla funeraria de los Esquivel que dicha familia les había ofrecido. En realidad, no quedan muy claros los motivos e intereses de unos y otros hermanos a la hora de decidir este cambio, por lo que se vieron envueltos en un largo y curioso pleito que comienza en 1723 y dura más de un año, y a través del cual nos trasladamos a la realidad de la época, sus costumbres, intereses y relaciones personales quedan plasmadas en las declaraciones tomadas a los que pretendían el cambio y a los detractores del mismo, ¿qué primó la devoción o los beneficios materiales? Esa es la duda que nos quedará siempre, pues aunque nunca se menciona el mejorar socialmente, lo cierto es que San Juan de la Palma se hallaba en un enclave comercial y social más alto que San Julián, aunque el motivo real al que se alude es el acortar el recorrido procesional y los devotos que viven en esta collación.

El veredicto del Arzobispo da la razón a los que promueven el cambio y en 1725 se celebra el primer cabildo ante las imágenes en San Juan de la Palma, donde la hermandad comienza una nueva andadura, tras haber obtenido el beneplácito de la Hermandad del Caño Quebrado, actualmente conocida como San Buenaventura, que había tenido como sede la capilla en la que ahora se establecía la Amargura.

La cofradía de penitencia comienza el siglo XVIII en el nuevo entorno, dos nuevos retos se plantearon a estas primeras Juntas de Gobierno de San Juan de la Palma, atraer a los hermanos detractores del cambio del templo, a los vecinos de la nueva feligresía y aumentar la solemnidad y el boato de los cultos. Al parecer ambas empresas resultaron exitosas, pues no se redujo considerablemente la nómina de hermanos y siguieron repitiéndose en los nuevos cabildos muchos de los nombres que ya se recogían en los de San Julián. La calle Feria le dispenso a la recién llegada corporación una favorable acogida, incluso se incorporaron algunos vecinos a la corporación, personajes notables por su entrega y ejemplaridad religiosa.

En cuanto al culto las noticias también indican una amplia participación y también una gran inversión, pues se antepuso la remodelación de la capilla y altares donde se veneraban las imágenes a todo, incluso a la salida procesional, de manera que se suspendieron algunos años la estación de penitencia para emplear el dinero en el dorado del altar y la capilla hasta llegar a darle el esplendor correspondiente a la devoción de los fieles que diariamente acudían a orar. Una vez alcanzada esta empresa, se encauzaron los esfuerzos a mejorar el cortejo procesional.

Al parecer esta ausencia de la cofradía en la celebración de la Semana Santa redujo el número de hermanos, aunque la entrega de los que componían la corporación era tal que ésta jamás se preocupó por ampliar su censo. Dos figuras destacan entre los hermanos por su especial entrega, ambos mayordomos, el primero D. Juan de Vargas Machuca, que ocupó el cargo desde 1722 a 1753 y su sucesor D. Francisco Javier Bernal quien además contaba con el asesoramiento de otro hermano destacado, el escultor D. Benito Hita del Castillo. Como tantos otros hermanos de la cofradía de penitencia, Hita del Castillo también era hermano de la Sacramental de San Juan de la Palma, donde también tuvo un papel relevante.

El final del siglo XVIII coincide con momentos de convulsión, la caída del Antiguo Régimen, los cambios políticos y la inestabilidad social se reflejan en las cofradías sevillanas, la mayoría de ellas entran en crisis, incluso muchas acabarán extinguiéndose en este período o al comienzo del siglo XIX. La hermandad Sacramental había perdido parte de su patrimonio como consecuencia de la desamortización, además había visto reducida su nómina de hermanos, con lo cual sus ingresos eran escasos y la participación en los cultos muy limitada. La cofradía de nazarenos también sufrió un descenso entre sus miembros, aunque los pocos hermanos devotos que permanecieron hicieron posible que no se extinguiera el culto y que continuase la devoción a las Sagradas Imágenes, que por entonces había consolidado el del conjunto escultórico de la Virgen con San Juan.

La crisis profunda crisis se pone de manifiesto en la Hermandad de la Amargura por la falta los libros de Cabildo de las primeras décadas y ni siquiera existe constancia de que éstos se celebraran asiduamente. Se trata de años en los que prácticamente las cofradías permanecían aletargadas, sin vida. El resurgir en el caso de la hermandad de penitencia se debe a una figura clave, D. Mariano de la Cuesta, mayordomo generoso que supo transmitir su entusiasmo y vitalidad al reducido grupo de hermanos con los que contaba la hermandad. Comenzó renovando las Reglas, aprobadas en 1828, ampliaron el patrimonio con nuevas insignias, el palio de la Virgen, manto y faldones del Cristo, así como restauraron la imagen de la Virgen, el paso y los enseres que componían el cortejo de la cofradía. Es en este período cuando la Hermandad recibe el título de Real al ingresar en ella el rey Fernando VII en 1832.

Estas continuas reformas fueron endeudando a la cofradía que entre donativos y rifas salió adelante sin decaer el culto y realizando la estación asiduamente, aunque a veces tuviera que pedir prestado hasta los hermanos nazarenos. Fueron años difíciles que afectaron incluso a la imagen de la corporación, se dejó de procesionar el Martes Santo para hacerlo el Domingo de Ramos y se marcaron, de nuevo, las pautas de seriedad y compostura. A pesar de acontecimientos adversos como el incendio del palio en la plaza de San Francisco en 1893, la hermandad no se detuvo en su impulso de renovador, el cual apoyaron muchos sevillanos contribuyendo con sus donativos a la restauración y mantenimiento de una institución en franca decadencia.

4. LA HERMANDAD FUSIONADA

La solución a la crisis en ambas corporaciones parecía estar en la unión. Este espíritu reformista y de superación fue el que inspiró la idea de la fusión con la Hermandad Sacramental en 1894 y que culminaría en 1904 con la aprobación del Arzobispo. Para la Sacramental fue decisiva la fusión ya que se encontraba al borde de la extinción. Por su parte, la cofradía de penitencia también se benefició, ya que al unirse se enriqueció su patrimonio artístico, pasando a ser propietarios de la Capilla Sacramental, donde se colocaron las imágenes para el culto con mayor suntuosidad que en la primitiva de los Esquivel. La nueva andadura se inició con un nuevo proyecto de Reglas en el que se estipularon los cultos de ambas instituciones.

Pero no sólo se acometieron proyectos materiales, sino también espirituales, se procuró el mayor esplendor posible en los cultos, especialmente el Septenario doloroso, que alcanzó tal solemnidad que, según consta en actas capitulares, “la iglesia era pequeña en muchas ocasiones para contener la concurrencia, particularmente en el tiempo del sermón”. No sólo contaron con buenos predicadores, también la música de D. Vicente Gómez Zarzuela marcó un referente en la celebración de los cultos. Tan alentadora asistencia animó a los hermanos a ampliar los cultos, así en 1941 se instituyó el Quinario al Cristo.

Del mismo modo los cultos sacramentales se realzaron paulatinamente, llegando a su mayor apogeo en 1948 con la nueva custodia de madera que situada sobre un pedestal de cuatro caras exponía el monumento para adorar al Santísimo el Jueves Santo. Esta obra se pudo ejecutar gracias a los donativos de los hermanos y la madera que regaló D. Eusebio Pérez Romero.

En la misma línea renovadora se realizaron nuevos pasos para el Cristo y la Virgen, así como un manto, numerosas insignias y enseres propios de la cofradía que marcaron un nuevo estilo en las procesiones sevillanas. En este sentido fue decisiva la elección de los artistas, así pues el genio del bordador Juan Manuel Rodríguez Ojeda y del orfebre Cayetano González, crearon un conjunto artístico sin precedentes en la Sevilla cofrade, que ha establecido una estética en el siglo XX y ha constituido un precedente en la composición de las cofradías sevillanas, no sólo por la tipología de los pasos, sino también por todos los enseres que componen el cortejo. Del mismo modo, tuvo una gran importancia la participación en las tareas de diseño de muchas de las insignias citadas, como D. José y D. Luis Ortiz.

Este período inicial del siglo XX, tuvo por dos figuras claves, D. Rafael Yllanes y Fernández y D. José Lecaroz y Barrera, quienes ostentando sus cargos vitalicios de hermano mayor uno y mayordomo primero el otro, llevaron a cabo con acierto la renovación. Para ello no escatimaron en recursos, hasta el punto de endeudarse en varias ocasiones, por lo que de nuevo se recurrió al sistema de rifas y sorteos que en esta época solía ser de décimos de la lotería nacional o en algunas ocasiones obras de artes donadas por hermanos como Rico Cejudo, o la celebración de fiestas populares como tómbolas. Los beneficios de la lotería, junto a las limosnas de generosos hermanos, hicieron posible la ejecución de fastuosos proyectos.

Tipologías y creaciones de obras de arte que se hicieron y rehicieron hasta alcanzar el esplendor deseado, pero que resultó efímero. Al hallarse el templo cercano a zonas donde la pobreza y la incultura hacían a sus vecinos fáciles presas de exaltados oradores que encarnaban en la religión y la iglesia la imagen del poder, un poder tiránico que les hacía permanecer en una situación de injusta pobreza y analfabetismo, provocaron una revolución que no solucionó la injusta realidad social, pero causó un daño irreparable en el patrimonio artístico sevillano, entre los que se hallaba el templo de San Juan de la Palma y su contenido. Tristes sucesos de los que debemos aprender el valor de la igualdad de oportunidades y la enseñanza.

Así pues, se perdió en el incendio algunos enseres de la hermandad, entre los que destacamos la Virgen de las Maravillas y el paso de Cristo, pero la pérdida sólo fue motivo para emprender nuevas y más fastuosas creaciones, contando como siempre con los donativos y sorteos. En esta ocasión hubo un donativo especial, pues el gordo de la lotería tocó en la hermandad y ese dinero fue decisivo.

La música también marcó un hito en la estética de la hermandad, la inspirada composición de Font de Anta, la marcha Amargura, fue uno de los estrenos principales de esta época renovadora, se estrenó en 1919 y desde entonces es una de sus señas de identidad de esta corporación.

La renovación no se detuvo en la imagen, afectó al protocolo procesional. Estas juntas de principio de siglo, compuestas por hombres piadosos, como D. José Prados, se propusieron también la renovación de la forma de procesionar, obedeciendo a un principio espiritual que ya aparecía recogido en las primeras décadas, acompañar a las Sagradas Imágenes con un recogimiento y humildad ejemplares para mover a cuantos lo vieran a la conversión. De este modo se iniciaron los cambios, consagraron el color blanco para las túnicas y capirotes tanto en los tramos del Cristo como de la Virgen y se impusieron la dura tarea de corregir a los hermanos más heterodoxos hasta conseguir dar el sello por el que actualmente es conocida la corporación, “El Silencio Blanco”. Así pues, aunque para los hermanos sea una alegría realizar la estación de penitencia a la Catedral, también es una forma de oración física y, como tal, se ha de observar el recogimiento y el silencio a imitación del Cristo al que siguen, de quien se revisten y dando testimonio cada Domingo de Ramos.

La culminación de todo este periplo renovador fue la Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Amargura, primera dolorosa coronada, el 21 de noviembre de 1954. Un acontecimiento religioso de reconocimiento de la realeza de María y la devoción popular que marcó un hito en las cofradías sevillanas.

Así pues, a mediados del siglo XX, la hermandad de la Amargura había consolidado su iconografía, contaba con un rico patrimonio y una gran participación de sus hermanos en cultos y estación de penitencia. A partir de este momento se empieza a prestar atención al templo, de ahí que se impulsen las obras y reformas en el mismo, colocándose el nuevo retablo mayor, en el cual se entroniza, con el permiso de la autoridad eclesiástica, la imagen de María Santísima de la Amargura con San Juan evangelista.

En el último cuarto del siglo XX comienza el proceso de modernización interna de la hermandad. Una lenta y constante corriente transformadora, afín al contexto social de la época que irá abriendo a la hermandad a la participación de nuevos colectivos, las hermanas, los costaleros hermanos y los jóvenes, quienes hasta entonces habían tenido una escasa o nula representación. La apertura generó un período de expansión espiritual, se incrementaron las actividades de todo tipo en la vida diaria de la hermandad y, lo que es más importante, la convivencia. Fueron años de autentica actividad cristiana, donde distintos sectores se organizaban para la formación, la labor asistencial y la recaudación de fondos para contribuir a los gastos de la Bolsa de Caridad o de la restauración del patrimonio.

Las consecuencias no se hicieron esperar, donde conviven muchas personas y se llevan a cabo muchos proyectos es lógico que surjan desavenencias y discrepancias, de ahí que se produjeran algunas dimisiones en las diferentes Juntas de Gobierno en este período, pero lejos de ser una lacra para la corporación, era una consecuencia natural de un movimiento renovador donde se trataba de cambiar conceptos hasta entonces impensables, como la igualdad entre el hombre y la mujer, hasta ese momento registrados en diferentes censos. Se trataba de cambios drásticos que provocaban tensiones, pero el espíritu cristiano y fraterno, así como el amor a la institución estaban por encima de todo, hecho que podemos comprobar en las distintas candidaturas y cargos que se han ido sucediendo hasta la actualidad, en ellos encontramos los mismos nombres, personas que en un momento determinado se manifiestan libremente, reivindican sus ideas, defienden sus principios y toman la postura que consideran más justa, lo cual no les impide continuar en la hermandad y volver a desempeñar un cargo cuando lo consideran necesario y oportuno.

Todos estos cambios se reflejan también en las reformas que se introducen en las Reglas, modificaciones que comienzan en el año 1985 y culminan en el 2005. A partir 1997 se inicia el camino hacia la verdadera igualdad entre hermanos y hermanas, sin discriminación a la hora de realizar la estación de penitencia o desempeñar un cargo en la junta de gobierno. La reforma de las reglas se aprobó en diciembre de 2000 en cabildo general y la autoridad eclesiástica concedió permiso para que las mujeres pudieran hacer estación de penitencia y pertenecer a la junta de gobierno en 2001, aunque no fue hasta varios años después cuando se aprobaron las reglas íntegramente.

En los años ochenta no sólo se renovaron las estructuras internas de la corporación, la reforma también afectó a la imagen, de modo que se acometieron tareas como completar la candelería, la restauración de las imágenes, la limpieza del palio y el pasado del manto a nuevo terciopelo. Todas estas reformas han consolidado la imagen de la cofradía y ha dado mayor esplendor a su paso por Sevilla tanto en la estación de penitencia, como en la participación de otros actos organizados por el Consejo de Cofradías o el Ayuntamiento de la ciudad. Destacaremos algunos como: el Vía crucis de las cofradías en 1989, la entrega de la Medalla de la ciudad de Sevilla a María Santísima de la Amarguna en 1991, la exposición de enseres en Los Esplendores de Sevilla en 1992 con motivo de la Exposición Universal, el desfile procesional del misterio en el Santo Entierro Magno en 1992. Así como también en los actos organizados por la propia Hermandad para celebrar sus efemérides: el vía crucis a San Julián con motivo de los Actos conmemorativos del Tricentenario de la fundación en 1996, el traslado de la Virgen al convento de las hermanas de la Cruz con motivo de la celebración de la Canonización de su fundadora y, una con especial esplendor, los actos conmemorativos del cincuentenario de la Coronación Canónica en el año 2004.

Una de las novedades más significativas de los últimos años fue la incorporación de la Beata Ángela de la Cruz como titular de nuestra hermandad, actualmente canonizada y que es un ejemplo a seguir para la entrega a los demás a través de la caridad.

5. LAS FUENTES

El archivo de la hermandad es uno de sus mayores tesoros, ya que en él se conservan documentos desde el siglo XVII hasta la actualidad. En este sentido se ha de resaltar la labor de D. Joaquín Moreno Gutiérrez, quien durante su ejercicio como archivero gestionó la catalogación de la documentación, la cual fue llevada a cabo por Doña Amparo Rodríguez Babío con gran profesionalidad y acierto. Así pues, actualmente está al servicio del investigador el inventario de fondos a través del cual se puede localizar fácilmente la información que se busca. Al mismo tiempo el inventario permite conocer todos los fondos que se conservan y evitar así la pérdida de cualquier documento.

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